La tradición hispana los llama polvorones, e incluye una buena cantidad de harina de almendras, desde tiempos muy antiguos los andaluces los hicieron parte de sus celebraciones hasta difundirse por toda la península, y de allí a Venezuela, con el romántico nombre de polvorosas

No existía banquete, merienda o celebración en la pequeña Caracas que no incluyera mesas de dulces que engolosinaban a los propios y sorprendían a los extraños, buena parte de los condumios presentados en esas mesas eran el fruto de las cocinas de los conventos caraqueños.

Como el de las Monjas Concepciones, ubicado en la esquina sur oeste de la Plaza Mayor, allí las esclavas del recinto religioso ofrecían para la venta dulces manjares, unos con recetas estrictamente castizas y otras más criollas donde se sustituían ingredientes por los existentes en este nuevo mundo.

En alguna de esas cocinas conventuales el polvorón dejó de lado la harina de almendras y se convirtió en polvorosa, el cambio requirió incrementar el porcentaje de materia grasa para mantener la textura característica de esta granjería criolla.

Porque como bien lo explica Rafael Cartay en el Diccionario de cocina venezolana (Caracas, 2005): “esta preparación se deshace con facilidad” y precisa su parentesco con el polvorón, pues ambos se vuelven “polvo al comerlos”. Más poética la descripción que de ellas hace Nicanor Bolet Peraza en El mercado, cuadros caraqueños (Caracas, 1980) al llamarla: “la polvorosa de mírame y no me toques”.

Para explicar el tránsito de la receta desde los conventos a los patios familiares Graciela Schael Martínez, cuenta que muchas de esas religiosas que se vieron obligadas a abandonar la clausura por el decreto de Antonio Guzmán Blanco en 1874, continuaron llevando una vida monástica en las casas de familiares y amigos “y quizá en algún momento se acercarían a las cocinas y compartirían sus secretos con la cocineras de la familia”, imagina en Vivir en la ciudad (Caracas, 1975).

El siguiente cambio de la receta de las polvorosas llegará a mediados del siglo pasado, cuando se sustituye la manteca de cerdo por manteca vegetal, siguiendo la moda de la época, también han variado de tamaño, desde aquellas muy grandes que se ofrecían en panaderías hasta delicadas miniaturas de un bocado.

Envueltas en papeles de alegres colores, desnudas sobre elegantes bandejas de plata, acompañando el chocolate de tarde, el café de media mañana o las risas infantiles del cumpleaños siguen invictas como un recuerdo permanente de aquella ciudad de techos rojos que cantó el poeta a su vuelta a la patria.

Publicado originalmente en Bienmesabe