Harina de trigo, bicarbonato de soda y melado de papelón con algunas especias dulces, mantequilla o margarina, y, a veces, huevos conforman la masa de este dulce criollo que desde el desayuno hasta la cena se hace presente en todo el territorio nacional

El primer registro escrito de este tradicional amasijo venezolano, según Francisco Javier Pérez en el Diccionario Histórico del Español de Venezuela (Caracas, 2012) se remonta al año 1889 bajo el nombre de cuca: el autor citando a Rivodó -quien se pregunta si vendrá del inglés cake- la define como una especie de torta o galletita dulce.

A principios del siglo pasado, y desde la región central, va dejando de recibir este nombre que adquiere obvias connotaciones sexuales y se populariza el nombre de Catalina, aunque en otras regiones del país se la llame Paledonia, o los más arriesgados la sigan mencionando por su nombre original.

Juan José Ramírez en el Diccionario Folclórico Ilustrado (Caracas, 1986), afirma que es una merienda de exquisito gusto, nacida en la colonia y en los mercados de la vieja Santiago de León de Caracas, “donde era común ver a las rollizas morenas de ascendencia africana vendiendo las cucas, que se disputaban con los majaretes, las polvorosas, el pan de horno, los gofios, el Juan sabroso y la torta bejarana”.

Juan Alonso Molina, larense, historiador, investigador y cocinero, reconocido por la Academia Venezolana de Gastronomía con Mención Tenedor de Oro 2014 señala que: ”el origen de la catalina se ubica en el período colonial y su elaboración se extendió por amplias zonas de la geografía nacional, particularmente los Andes, centroccidente y el centro norte del país, así como en los llanos altos occidentales, es decir, en aquellas regiones donde había provisión continua de harina de trigo y papelón, bien fuese por la producción local de esos rubros, como en las zonas montañosas y en los valles fértiles, donde se cultivaron el trigo y la caña de azúcar, o donde la importación, sobre todo del primero, permitía contar con los ingredientes principales para su elaboración”.

Algunos investigadores, agrega Juan Alonso, como el finado Félix Otamendi Osorio han señalado “el probable origen alemán de la catalina, habida cuenta de la presencia y radicación de algunos de ellos en la región larense, durante e inmediatamente después de las expediciones de conquista y exploración de los Welsers, que concluyeron coincidiendo con la fundación de El Tocuyo, y de la existencia para la época de un género de panes oscuros y dulces habituales en algunas regiones alemanas”.

Hace ya 13 años Juan Alonso, inspirado por el Tiramisú italiano, elaboró un postre con Catalinas que sigue siendo exitoso: “humedecí las Catalinas en leche aromatizada, preparé una especie de ricota de cabra montada con azúcar y vainilla, y fundí chocolate, todo lo cual dispuse luego por capas en moldes o copas individuales y refrigeré para servir frío”.

Texto publicado originalmente en Bienmesabe

Foto: @gariste